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El último superviviente

16 diciembre 2009

El último superviviente revisó la trampa que había hecho con el trozo de alambre que encontró en la mina abandonada. Había cazado una mofeta. La envolvió con su chaqueta y le cortó el cuello con el cuchillo. Hizo una hoguera con unas ramitas, algo de musgo seco y el pedernal. La asó y probó su carne. “Sabe a excrementos de perro”, dijo.

Miguel intentaba recordar aquellos capítulos de la serie en que un ex-militar superaba pruebas en las que debía sobrevivir con la sola ayuda de un cuchillo, un pedernal y una mochila, en distintos escenarios naturales.

“Esto me puede servir”. Una fibra larga, redonda, fuerte y flexible. “ofú, esto no sale”. Tiró con fuerza, pero nada. Cogió la madera por un extremo, y la golpeó contra una roca. Finalmente, agarró la liana con los dientes, se subió sobre el tronco y la cuerda cedió con un chasquido. “Ya está. A buscar comida”.

“Por aquí hay huellas”. Se arrastró entre la maleza, tirando de la cuerda. Intentó hacer una trampa de lazo, pero no había manera. “Jopé, ¿por qué no me sale?”

“¡Huy! Ahí viene uno” El animal se detuvo al verlo. Miró al cielo, miró atrás, a un lado, se lamió una pata y se acerco a Miguel, confiado. Incluso llegó a topar contra él con la cabeza. Miguel, aguantando el aliento, lo agarró con las manos por el cuello, y se tiró encima. El bicho se revolvió, salvaje, y le arañó en la cara varias veces, como un remolino de agujas. Parecía que le habían salido más patas. Miguel lo agarró por el rabo, lo volteó sobre su cabeza y lo espetó contra la pared de piedra. La cabeza del animal se partió, sonando como cuando se cae una sandía al suelo: algo entre chof y crack.

Se tocó la cara; estaba llena de sangre. No llegaba a chorrear, pero tenía mucha. Y escocía. Aguantando las lágrimas, pensó: “me da penita, pero tengo hambre. El hombre de la tele decía que no había que esperar a perder las fuerzas, que había que aprovechar lo que encontrábamos”. Así que fue a por su captura, la agarró del rabo y lo arrastró tras de sí.

Cogió unos trozos de esa piedra negra que arde tan bien, unas hierbitas secas y las prendió con el mechero. “Ha sido fácil”. Miró las llamitas subir, y esperó, lamiéndose las heridas de las manos, hasta que las piedras empezaron a ponerse coloradas. “Ya está bien”. Echó la caza en las brasas y se echó atrás.

El animal empezó a arder, chisporroteando, y una nube negra y densa lo cubrió todo. La peste a pelo quemado se le metió en la garganta y empezó a toser. Con un palito, apartó el bicho de la hoguera y lo tió al suelo. Lo pisó un poco, para apagarlo, y lo asió con las manos. “¡Uau, quema!” Sopló, se lo llevo a la boca y lo mordió. “Puaj, que asco!”

La sangre del animal, aún crudo, le resbalaba por la barbilla y el pecho, y con las manos y la cara tiznadas parecía que se había escapado del infierno. “Esto no hay quien se lo coma”. Lo tiró al suelo.

Escuchó un ruido a su derecha. Se levantó, miró, y pensó “¡Esto salvado! Viene gente”. Y corrió hacia el ruido.

El coche de la policía local estaba dando una vuelta por el barrio. Con cara de sueño, Pepe miraba a las vecinas sin mucho afán. “¡Cómo está la de la panadería!” “¡Coño! ¿Esto que es?”.

Dio un frenazo, y bajó corriendo. Un niño, de unos doce años, lleno de sangre, quemado y sucio corría hacia él gritando “Ehhhh, que estoy aquí, sálvame, sálvame”

El policía lo tapó con una chaqueta, lo metió en el coche y llamó a la ambulancia y a la comisaría.

María llamó a su hijo: “Migueeee, deja la tele y ven pacá, que vamos a comer”. Soltó la espumadera, se quitó el delantal y fue al salón a buscar a su hijo, que no respondía.

“Jodeeer, se ha cargado la guitarra del padre. Ya la hemos liado” La guitarra estaba en el suelo del pasillo de entrada, totalmente destrozada, como si hubiesen estado saltando encima. Un olor a azufre le llegó de la calle y, al mirar por la ventana del jardín, vio una columna tenue de humo subir suave. Junto a la barbacoa, lo que parecía ser Fisgón, el gato de Luisa, humeaba echo un torrezno. “¡Dios! ¿qué ha pasado aquí?” Empezó a sentirse mareada. “Mi niño, ¿dónde está mi niño?” Corrió hasta la puerta del jardín, la abrió, y se le echó el mundo encima.

Luces, coches de policía, ambulancia, todos los vecinos mirándola y unos señores que estaban limpiando a su hijo, Miguel, tiznado, con la cara arañada, lleno de churretones de sangre y hollín, que estaba llorando sentado en el capot de un coche patrulla. Luisa lloraba, señalando al torrezno: “¿Que le habéis hecho, qué le habéis hecho?”

Sintió que se le aflojaban las piernas, se apoyó en el quicio de la puerta y antes de desmayarse, escuchó a lo lejos, muy a lo lejos: “Ésa es la madre. Mira como viene, borracha perdida, ni se tiene en pie. Llevádsela de aquí”

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From → Literatura, Prosa

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