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Capítulo 1 – De cómo no se debe tratar a un cliente

31 julio 2010

Todos los nombres y situaciones que aparecen en este post son ficticios. Todos los derechos reservados

El ventilador de latón movía la cabeza, negándolo todo. Al final de cada vaivén, un chirrido extraño parecía anunciar que iba a desarmarse. Pero no; seguía incansable con su labor de desordenar las hojas que había en mi mesa, tirándolas por el suelo. Refrescar, no refrescaba, pero hacía compañía. Sentía los pantalones como un incómodo velcro que me sujetaba las piernas a la silla de piel de ikea(1) La crema hidratante del afeitado chorreaba por mis mejillas, y riachuelos de sudor se unían en la punta de mi nariz y en la barbilla para saltar sobre mi camisa, que una vez estuvo planchada, lo prometo, y que se pegaba a mi espalda como un alga. “La madre que parió al tío del aire acondicionado. No se preocupe, que el lunes estoy allí. En el coño de su madre estará, sacándole gatitos”, pienso. No puedo evitarlo, el calor me pone de una mala leche … No veía la hora de irme. A duras penas, aguantaba los ojos abiertos y el equilibrio de la cabeza sobre mi cuello. Miré el reloj. Las once. “Su puta madre”. Di un buche. El agua estaba caliente como perra cortijera. “¿Bebo o le hecho hierbabuena?” Le puse el tapón a la botella y la tiré. “Ya voy a estar en casa ¿Quién va a salir a la calle, con 42º?”

“Peeeeeee” A lo lejos, muy a lejos, detrás del césped de la piscina, detrás de la piscina de los apartamentos, detrás del bikini de la presidenta de la comunidad de apartamentos, detrás de la cerveza helada del club social de …., muy detrás de todo, un bramido estentóreo, como de berrea. “¿Qué ruido es ese? Parece como …”

¿Coño! ¡El timbre! De un salto, recobré la verticalidad de mi cabeza. Casi me duermo. Y sin el casi. Despistado, recorrí la habitación, intentando recordar dónde estaba el telefonillo de la puerta, extrañado de no ver a mi vecina en bikini con una cerveza en la mano. “Peeeeeeeee peeeeeeeee”

¡Ya va, ya vaa!

¡Qué pesado! Abrí al puerta y me dispuse a recibir a mi visita, el motivo único de estar allí derritiéndome en la choza masai que tengo por despacho, la razón de mi insomnio forzado, el fin único de mi existencia: UN CLIENTE. Mientras éste subía, intenté recomponer un poco mi aspecto: la camisa de lino no tenía un centímetro liso; los pantalones colgaban fondones, como si se me hubiese quedado el culo olvidado en la silla. “Debo tener la cara como un tomate, de secarme el sudor con el pañuelo” Me pasé las manos por la cabeza, intentando atusar la pelambre. Imaginaba que estaría como si acabase de bajarme de una moto GP, a fuerza de aguantar el torrente inútil del ventilador. “Así está bien, tampoco tengo que follármelo. A ver que quiere. Mejor me siento, que se me ve menos”, y vuelvo a pegarme a la silla, recuperando mi culo y mirando impaciente a la puerta entreabierta. “El ascensor, ya está aquí”

Pase, está abierto

El cliente entró. Se acercó a la mesa. Levantó la mano para saludarme. Volvió a bajarla, incólume. Se sentó. Y pensó que yo era gilipollas.

El cliente era una morenaza espectacular. Llevaba unos vaqueros que parecía que le habían pintado las piernas de azul. Ojos cálidos, con pestañas como para coser botones, labios sensuales, pelo ondulado … ¡y unas tetas! No estaba preparado para ésto. Me había quedado paralizado, con la boca abierta, las manos pegadas a la mesa y el culo pegado a la silla. Y un post-it pegado a la frente, de la cabezada que acababa de dar. Ella tenía razón: soy gilipollas.

Perdone, no esperabaa … (“¿el qué no esperaba? ¿qué estuvieses tan buena? Anda que lo estás arreglando”). Yooo, siéntese, por favor (“¡idiota! ¡Ya está sentada!”) Dígame, ¿en qué puedo ayudarla? (“se me ocurren un par de cosas … ¡céntrate, cojones, que estás currando!”). Movía las manos nervioso. El ventilador me miró, y el papelito amarillo de mi frente se desprendió guasón, aterrizando entre los dos. Ella lo miró divertida. Yo, avergonzado.
Verás, tenemos un pequeño taller de serigrafía. Hacemos gorras, zapatillas, etc. Sobre todo, hacemos camisetas por encargo: merchandising de grupos de música, congresos, actividades deportivas, etc. También hacemos nuestros propios diseños. El caso es que hemos pensado saltar a internet, y vender así las prendas de creación propia. Estoy pidiendo presupuestos para encargar una página web. Tendrías que colaborar con nuestros diseñadores: logos, paleta, tipografía, etc. La idea que queremos dar es la de ropa barata que puedas comprar para un par de ocasiones, y que puedas renovar a menudo. Algo divertido y fresco. Por cierto, ¿no funciona el aire? – y sacó un abanico del bolso, con muchos colorines y muñequitas sonrientes.

Era bastante más joven que yo, pero me tuteó sin reservas. Normal, después de haber hecho el tonto como acababa de hacerlo, lo raro es que no me diera una piruleta. Miró hacia la máquina del aire acondicionado, girando levemente el cuello. Al levantar la cabeza, me permitió echar una mirada disimulada a su escote. Una gotita de sudor corría abajo por la vaguada, perdiéndose entre sus pechos “¡Qué barbaridad!” Mis ojos nadaron en esa gotita que se perdía en su escote, un segundo. Tarde. “¿te interesa?“, dijo con tonillo irritado, no sé si refiriéndose al trabajo, o a su escote. Me pilló.

Perdona, estaba distraído “Tengo que salir más. Estoy más salido que una chincheta” Entre el calor y el bochorno, mi cara parecería un semáforo en rojo. Si claro, no hay ningún problema, nos gusta trabajar en equipo. ¿Cuándo podría reunirme con vosotros? Sería cuestión de tener una charla con ellos y elaborar un brief(2) sobre el que trabajar. En un par de semanas podría tener algunos mockups(3), y ya discutiríamos precios. ¿Tenéis registrada la marca? Perdona, y me levanté, soy Gonzalo. Esta vez sí, le tendí la mano.
Soy Sandra. La chica estrechó mi mano, sonriéndome. La boca le llegaba de oreja a oreja, y parecía que seguía por detrás.

— Continuará —

(1) Antílope del Aljarafe, con cuya piel se elaboran muebles de nombres extraños

(2) Nombre con el que los publicistas y diseñadores llamamos a un cuestionario, para impresionar a los clientes

(3) Bocetos. Lo mismo que (2), pero más pedante, si cabe

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