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Capítulo 12 – Nulla in mundo pax sincera

20 marzo 2011

Todos los nombres y situaciones que aparecen en este post son ficticios. Todos los derechos reservados

A toro pasado, caí en la cuenta que Miguel no hablaba nunca cuando hablábamos de las piernas de ésta o del culo de aquella otra; se limitaba a asentir con su mirada bonachona y la media sonrisa que solía lucir. Como tampoco le habíamos conocido pareja, lo achacábamos a su natural timidez y a que se comía menos que un queso de escayola. El canalla, como nos tenía engañados.

Pasando el tiempo, el tiempo fue pasando y nos plantamos a mitad de enero, un mes antes de la fecha elegida los contrayentes para los desposorios. Debíamos lidiar con la difícil tarea de organizar la despedida de solteros. Para tamaña cuestión, nos reunimos en un bar todos salvo Migue y Juan, claro.

Podríamos ir a lo seguro, cena en un asador, y copeteo con estriptís. Cuando se trataba de meter la pata, Manolo era un valor seguro.
¡Tú eres gilipoyas! Exclamó Sandra. Si en el momento de mirar a Manolo se le escapa un ojo, le atraviesa el cráneo seguro.
– (Yo, aguantando la risa, mitad por uno, mitad por otra) La verdad, no sé cómo son las despedidas de los gays. Una despedida sin tías en bolas, como que no … Plas. Guantazo en brazo. Por bocas.  Ayyy, que es broma. Decidido. Esta noche duermo solo.
– (Lucio) De esto nos deberíamos encargar nosotros, que somos de la misma acera, y le guiñó un ojo a Bernard, que se frotó las patitas como una mosca en una barbacoa. Nos hacen descuento en las copas.
No me veo a Migue bailando en tangas en el Entropía, ni a Juan metiéndole billetitos. A Manolo se le notaba un poco cortado, después del exabrupto de Sandra. Pero es que mi niña, cuando se pone, se pone.
Pues tú bien que te lo pasaste, le recriminó Bernard.
Pero yo no me caso, dijo Manolo, con la cara como un tomate de Conil, definitivamente rematado para lo que quedaba de noche.
Haya paz, haya paz (hablaba Javier) ¿y si nos estiramos un poco, y nos vamos todos a un hotelito coqueto en el campo un fin de semana? Sería nuestro regalo de bodas.
Eso me parece bien. Podemos preparar algo especial, que venga alguien a cantar, o un catering exótico. Mientras no haya bailarinas desnudas. Sandra hablaba mirándome de soslayo. Incluso soslayada, el cabreo se le escapaba por el rabillo del ojo.
Una idea genial, dije. Por un lado, porque así me lo parecía; por otro, porque un poquito de peloteo no vendría mal para destensar el ambiente.
Descuida, chiqui, que de eso me encargo yo. El espíritu de René, hablando desde ningún sitio, y desde todos a la vez, nos hizo saltar de nuestros asientos.

Y así nos vimos en un hotelito en la sierra, con una cena a base de hojas de espinaca fritas y algo crujiente que no me atreví a preguntar qué era, pero que daba la impresión que otrora corría por el suelo, amenizada por una señora gordita vestida de largo que entonó a los postres el “Nulla in mundo pax sincera”(1). Algunos de los asistentes mostraron una ligera reticencia burlesca, que cesó cuando se fijaron en como las lágrimas caían de los ojos de Miguel quien, sin pestañear, no los apartaba de la soprano. Juan, a su vez, miraba embelesado a Miguel. Al terminar el motete, y después de besarse, ambos abrazaron sinceramente a René, el artífice del espectáculo. Contra todo pronóstico, la despedida-regalo había sido un éxito.

Dos semanas más tarde la boda tuvo lugar en el Centro de Creación, y oficiada por un amigote de los tiempos de facultad de Juan que en aquel momento ostentaba el cargo de concejal de urbanismo. La ceremonia fue, no podía ser de otro modo, breve y sobria pese al atuendo de algunos de los asistentes, que paso a describir:

René iba ataviado con su mejor pañuelo, de seda negra con flores de lis blancas, modelo Jaime de Mora. Completaban el atuendo unos vaqueros italianos, que debían ser carísimos, y que seguro eran feísimos, y zapatos de charol con tal puntera que deberían obligarle a llevar intermitentes para girar en las esquinas sin peligro. Lucio llevaba una camisa, en seda salvaje, que era verdaderamente salvaje para la vista: se diría que llevaba todos los colores del arco iris, en caso de que el arco iris tuviese catorce colores, y ninguno combinara con cualesquier otro. Bernard se había afeitado la perilla y había dejado la gorra en el coche, y aparentaba tan extrañamente ortodoxo que no parecía él. De hecho, parecía su padre: el hueco de la barba resaltaba blanquecino sobre su tez, más morena, y una coronilla pelada que no conocíamos le hacía parecer 10 años más viejo, y más hetero. El gesto extraordinariamente serio agravaba el engaño. El grupo técnico (Diseñínn) era más standard: traje de bodas, camisa de bodas, corbata de bodas. Además, como estaba acostumbrado a verlos de esta guisa, no me llamaban tanto la atención. Sandra estaba radiante. A pesar de que llevaba varios meses saliendo oficialmente con ella, cuando la veía así me preguntaba si habría algún truco, y temía que en cualquier momento le salieran alas y escapara de mi por encima de los tejados.

El atuendo de los novios era clásico: traje oscuro, camisa blanca con gemelos, corbata viva pero sin llegar a morder, y florecitas en el ojal. El de Juan, para variar, parecía hecho a medida, (que lo sería). El tío, parecía que hicieran los moldes de los maniquíes siguiendo su patrón. En cambio, Miguel parecía estar a punto de mutar a La Masa. Cuando se intercambiaron los anillos, alguien dijo que el suyo debía ser como una rueda de carro: si en vez de regalarle lo del hotel me toca comprar su anillo, me arruino para siempre.

— Continuará —

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